Exposición actual: “Solo un ángulo basta” de Vargas-Machuca

Otto Schumann en los años 50 lanzó una teoría sobre la percepción de la velocidad del paso del tiempo y que relacionó con la pulsación que emite el planeta desde la superficie hasta la ionosfera. Durante miles de años, ese “latido de la tierra” se ha mantenido estable en aproximadamente 7,8 hercios, que curiosamente es la misma vibración que tenemos los mamíferos. Pero misteriosamente desde los años 80 este pulso del planeta ha estado subiendo hasta los 12 hercios. Hay estudios que afirman que es por esta razón por la que muchos tenemos la extraña percepción que el tiempo va más deprisa y que todo pasa más rápido.

 En las conversaciones que mantengo con Tete Vargas, ella me confiesa lo abrumada que se siente por este fenómeno. Me lo describe a través de lo onírico, me habla de su preocupación por el paso del tiempo y de cómo ésta acaba por inundar de manera constante sus pensamientos, como un árbol que entra en una habitación por una ventana y que de manera inexorable termina por cubrirla hasta inundar por completo el espacio.

 La obra de Tete gira en torno a esta preocupación y aunque el tema del paso del tiempo ha sido un tema fundamental en la pintura. Lo hicieron por ejemplo,  las vanitas que intentaban golpearnos a fuerzas de mazazos visuales para que reflexionásemos sobre la fugacidad de la existencia o como la obra de Antonio López, cuya relación con el propio modelo se manifiesta a través del paso del mismo. Pero en el caso de la artista, ella prefiere mirar a los pintores flamencos, que con su minuciosa y detallada ejecución consiguen una esmerada visión del tiempo detenido. Un ejemplo es el cuadro de Miguel Pret Dos racimos de uva con mosca, donde el pintor detiene hasta las alas del inquieto insecto, para regalarnos una instantánea precisa.

 Tete Vargas en su pintura se alinea con éstos, con su detallada obra que nos evoca a Brueghel y Holbein: del primero le interesan sus pinturas de género cuyas escenas nos hacen reflexionar sobre lo cotidiano y sobre la fugacidad de lo vivido, como en el cuadro de El triunfo de la muerte; del segundo sus abrumadores personajes, cuyas expresiones y rasgos no nos dejan indiferentes, sacrificando el parecido por la búsqueda del carácter humano de la personalidad a través de la fisonomía.

 En su minuciosa pintura Tete se introduce en el cuadro como una escena en la que el personaje determina la acción. Su meticulosa ejecución le hace recrearse en el tiempo deteniéndolo para hacerle olvidar que inexorablemente transcurre con su propio ritmo, a veces rápido, a veces lento, más allá de los herzios con los que la tierra desee pulsar, con la nostalgia de volver a recuperar la rítmica poética que ahora se han convertido en patrones dodecasílabos.

 ya mismo se me viene la tierra

 ya mismo me muerdo la uña y su estría

 ya mismo soy la mujer descalcificada

 entonces llega el retorno al orden y a su crisis 

 qué miedo da mirar con la catarata 

 y las bolsas en los ojos ojo

 tienen capacidad de hectolitros para la lágrima

 como la estalactita piensa en su soporte rígido

 cuando era agua pura

 uno se hace gélido sin perder la cadena del frío

 entonces uno se muere

 con la sensación de no haber hecho nada

 sin embargo en justicia después de los procesos 

 históricos del mundo por los que uno ha pasado

 frente al parque temático de vivir

 la libertad sueña encadenada al ojo

 hemos sido el ramón y cajal de un minuto

 hemos constatado mente y punto de partida

 hemos puesto la sangre a circular con todo el óxido

 hemos salido del mar hemos acunado niños

 hemos sido madame bovary solo tres horas 

 y hemos descubierto el radio de resistir

 hemos sido abril todo el tiempo posible

 y tocamos la tierra ojo sabiendo a ciencia cierta

 que volveremos a ella hechos trizas

 y hemos pensado con la calavera lunar 

 las posibilidades cortísimas que se centran

 entre nacer y morir

 ¿no hemos hecho nada?

 quizá nada pero en todo fuimos horacio 

 solo un ángulo nos basta.

      
                    María Eloy García 

Texto redactado por Gustavo Domínguez